La Vida, un soplo

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Por María Teresa González Osorio

Observo mi escritorio, sobre él mis ojos se posan nuevamente en esa revista que he tratado de ocultar desde hace más de un año. Cuando leí el reportaje* que me impactó no pude tirarla. La escondí entre el montón de revistas. La escondí en un aparente olvido. Ahora la coloco encima de todas. Me da miedo y ternura y asombro ver el rostro del hombre en la portada. Tenía un tumor inoperable y padecía de dolores que hacían insoportable su vida. Estaba desahuciado. Se llamaba Carlos Santos. En el reportaje él cuenta su historia 24 horas antes de poner fin a su existencia. Y su historia me recuerda que siempre estamos tan cerquita de ella, en todo momento, de día y de noche. La muerte sea quizás nuestra única compañera de toda la vida.
Veo la cara de Carlos y me parece apacible, serena y su mirada refleja tranquilidad, esa que llega cuando al fin ya no hay que hacer nada. Un sentimiento que no tiene que ver con la resignación.

Para morir eligió la suite de un Hotel, en honor a la vida de viajero que llevó. Un hombre meticuloso, organizado, exitoso, dirigiendo su vida hasta el final. Un día se planteó: me voy a suicidar. Pero eso es moralmente mal visto! Quiénes somos para decidir quitarnos la vida!
Carlos lo ha puesto muy claro. Somos responsables de nuestros actos seamos conscientes o no y como seres humanos tenemos el derecho y deber de elegir desde la libertad.

¿Qué puede sentir el ser humano cuando está de manera consciente frente a la muerte? ¿Qué es lo que uno mira afuera y adentro? Tal vez uno alcanza la verdadera libertad cuando vive desde el desapego.
“He ido desprendiéndome de todo. Ahora no llevo cadena al cuello, no llevo nada. El barco ha llegado al final del viaje”. Declara Carlos ante el periodista que lo acompañó un día antes del Gran Final.

Al día siguiente, Carlos Santos se levantó, desayunó, salió para arreglar aún algunas cuentas pendientes con su banco. Al medio día, subió a la habitación del hotel en compañía de dos voluntarios de “Derecho a Morir Dignamente” DMD de España. Se puso su pijama. “Dobló cuidadosamente la ropa de la que se acababa de desprender y la guardó en el armario”. Dejó sobre la mesa la carta al juez y a la policía. Sacó de su bolsa las pastillas que ya había pulverizado y las revolvió con yogur de fresa. Se tomó la pócima a cucharadas. Se sentó en el sofá mientras contaba su vida a los voluntarios. No perdió la coherencia en ningún momento; hora y media después se sumió en un profundo sueño. Adiós Carlos. Adiós a la Vida que se va como un soplo. Sigo preguntándome cuántos misterios guarda la muerte que se esconde tras la Vida.

* El reportaje al que me refiero fue publicado con el tútulo “Adiós a la vida”, de Juan José Millás. Publicado en El país semanal, España, 5 de diciembre del 2010.

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