La Navidad de Yalahui

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Por María Teresa González Osorio

Cuando era adolescente y después joven, no me agradaban las Navidades; ese tiempo y su víspera me parecían tan fingidas, como si nos obligáramos o nos obligaran por unos días a ser buenos. No soportaba las cancioncitas de voces metálicas que entonaban “Oh, blanca Navidad” o “ Noche de Paz, noche de amor”. Yo me preguntaba, ¿Dónde estaba lo blanco? ¿Dónde estaba la paz? ¿Dónde el amor? cuando se escuchaba de guerras en distintas partes del mundo y en México, aún estaba por dar a luz el EZLN.

Un día antes de Navidad, tomé mi mochila y me aventuré hacia la Sierra zapoteca. Después de varias horas de recorrido en un autobús destartalado y otras tantas horas caminando, llegué a San Juan Yalahui, un pueblo incrustado en las altas montañas de Oaxaca; nadie me conocía y yo no conocía a nadie, sin embargo, me hospedaron.
Me ofrecieron como albergue la bodega del maíz. Recuerdo que la primera noche me sobresaltaron unos ruidos extraños, al encender mi linterna me percaté de que eran ratones paseándose por las vigas del techo y subiendo y bajando por los costales del grano.

La noche de Navidad, la gente se congregó en el templo sin necesidad de un sacerdote. Se iniciaron rezos en el idioma zapoteco y ritos que me parecían extraños pues no eran como me los habían enseñado. Después cantaron, no eran cantos alegres ni festivos, por el contrario, me parecieron melancólicos. Al terminar el ritual, toda la comunidad se reunió en la cancha de basket ball. El frío era insoportable, pero la fogata encendida podía darnos un poco de calor a todos y especialmente calor a mi corazón. La cena de Navidad consistió en pan, tamales (masa de maíz envuelta en hojas de la misma planta) de frijol y café del que emanaba el aroma dulce del piloncillo y canela. Fue repartido por unos hombres que entregaban una porción a todos los asistentes.
Los niños jugaban a las correteadas, unos andaban con sus huaraches y otros descalzos y yo me impresionaba de cómo estos niños podían correr con sus pies helados. Casi todos tenían su piel quemada por el frío.

Todo el pueblo estaba ahí, reunido, cenando lo mismo, Navidad comunitaria. No había ni cancioncitas metálicas, ni bailes, ni regalos con envolturas de Santa Claus, ni árboles de pino artificial. En cambio, ellos sin saberlo me hacían un gran regalo: la hospitalidad de un pueblo escondido. Las montañas vestidas de pinos y abetos me regalaban su majestuosidad alzándose ante mi vista y que por un momento creí escuchar que hablaban, comunicándose en un eco lejano. El cielo me regalaba la luminosidad de sus estrellas y una tímida luna menguante. Algo había en el aire, algo que flotaba en el viento frío y silencioso. Me estremecí.

Me sentí pequeña e insignificante ante tanta grandeza. Una mezcla de tristeza y alegría me invadió aquella noche. Gente trabajadora y aún así viviendo en la pobreza y, desde esa pobreza es capaz de compartir. Y algo se abrió en mi corazón, algo que hasta la fecha sigue abierto y creo que puede llamarse Esperanza.

Ahora, reviviendo aquella Navidad, logro saborear el café que se mezclaba con el aroma del pan, el olor de las azucenas que se extendía por todo el campo, el olor de los árboles, de la leña quemada y de la tierra mojada, el olor de la gente que sabe dar generosamente. Comprendí lo que era Navidad, dar, darse uno mismo. Renacer.¡Muchas Gracias. Diushi (Dioxhi) pe lii, Yalahui!

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