Abriéndonos a la prosperidad

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María Teresa González Osorio

Finalizaremos en pocos días el mes de enero y aún sigo diciendo a los amigos y amigas que no he visto en mucho tiempo: “próspero y feliz año”.
Cuando hablamos de prosperidad acuden a nuestra mente varias palabras: éxito, riqueza, dinero, seguridad, bienestar, abundancia…éstas no son sinónimos de prosperidad aunque pueden o no, ser parte de ella.

Prosperidad es definida como “el curso favorable de las cosas”, por tanto alude a un proceso, como el curso de un río, cuyas aguas fluyen hacia adelante. Prosperidad no es un fin en sí mismo sino un proceso; es la actitud de expansión de todo nuestro ser para desarrollarse, moverse, avanzar, crecer, dar, recibir. Es parte también de una actitud interior de creer que lo que necesitamos está ahí, al alcance nuestro. Conozco gente que posee riqueza material y no es próspera pues desea acumular cada vez más y no da por miedo a que se le acabe; por lo tanto en el fondo hay pensamientos de carencias y sentimientos de miedo e inseguridad. Conozco también a personas que tienen una vida material modesta y sin embargo viven en una actitud de prosperidad pues poseen la confianza interior de que todo lo que necesitan lo pueden obtener y efectivamente, lo obtienen! De manera fluida les llega las cosas.
Y me acuerdo de la Madre Teresa de Calcuta que, a pesar de no poseer bienes materiales, vivía en prosperidad pues cuando lo necesitaba podía viajar de un continente a otro sin un centavo en la bolsa; mucho le era dado y ella era capaz de recibirlo con gratitud y de dar desde el corazón.

Leí un cuento sobre la prosperidad… Dos amigos de la infancia se encontraron después de años de no verse. Uno de ellos estaba en la más absoluta miseria, mientras que el otro gozaba de grandes riquezas.
-¿Cómo has conseguido tantas cosas?- le preguntó el pobre al rico.
-Es que he desarrollado un don maravilloso. Mira -dijo, y al tocar un ladrillo con su dedo índice lo transformó en oro. Cógelo, considéralo un regalo.
-Esto- dijo el pobre- no alcanza para solucionar mis problemas.
-De acuerdo -respondió el otro, y posó su dedo sobre dos ladrillos más, convirtiéndolos también en oro.
-¡Esto tampoco soluciona mis problemas! Exclamó.
-¡Pero si esto es una fortuna! ¿Qué es o que quieres entonces?
-Lo que yo quiero -respondió el pobre- ¡es tu dedo!

“La prosperidad no consiste en poseer cosas valiosas sino en comprender que lo único importante es desarrollar en nosotros mismos el don de transformar en valioso aquello que tocamos”.

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